domingo, marzo 23, 2008

LA ÚLTIMA CENA


foto:Rodrigo Valencia Quijano
Por Rodrigo Valencia Q

La noche presagiaba un encuentro de misterios. La estancia era solemne, con cierto fondo de tristezas, de olor a tiempo que termina, de recuerdos que se agolpan, cada uno con su signo indeleble de nostalgia. El aire era diáfano, a pesar de la penumbra que rodeaba el resplandor pequeño de los candiles.


Jesús se había reunido con los doce apóstoles para celebrar la última parábola, pues después vendría la muerte para Él. El testamento de la profecía ardía en sus corazones, y el temor de los discípulos se tocaba en el ambiente. Jesús los atrajo hacia sí y les dijo: “Quiero compartiros este pan y este vino, antes que vaya a mi Padre. Aquí está el secreto de mis días y mis noches. He esperado esta ocasión para que recibáis el fruto del corazón, la flor que se abre y no marchita, la Palabra que brota del seno de mi Padre. Benditos vosotros; ya no tendréis, nunca más, hambre ni sed, pues habéis sembrado la semilla del alimento perdurable”.
Entonces todos recibieron el secreto de este vino y este pan, y sintieron un gozo profundo en el alma. Habían captado la certidumbre que acaba con los restos de las dudas, y ese sutil despertar de los sentidos interiores que se llenan poco a poco con el aire de la vida. Aunque su Maestro iría a su pasión al día siguiente; aunque le esperaba el tormento; aunque sus mundos se derrumbarían por un pequeño pero doloroso tiempo.


Él los llevó luego hacia la ventana y, aunque ya era de noche, pudieron VER. Les señaló el paisaje inmenso y la tierra que lo contenía, y les dijo: “Esta es mi Madre; es mi cuerpo. Y la vida que la mueve y fecunda es mi espíritu. La tierra es el pan, el espíritu es el vino. Ella está llena de dolor, pero el dolor fecunda la razón, la razón prepara los caminos de la Luz, y después ahonda en el fuego de mi último pensamiento. Y este último pensamiento es el primero, la razón del saber, la santidad y el conocimiento verdadero. Eso soy yo; estoy en vosotros y vosotros en mí. Y quienes creen estar sin mí, simplemente no comprenden nada y están en mi reino de tinieblas; porque, sabed, en el Reino de mi Padre hay muchas moradas, tanto de luz como de tinieblas. Pero vosotros, en verdad, conocéis los lugares de mi Luz”.


Los discípulos se miraban con asombro, y Judas abandonó el recinto. Tenía tristeza en su rostro y evitaba sus miradas. Ellos ya lo habían adivinado; lo perdonaron, pues sabían de su dolor, del fuego que consumiría su corazón. A lo mejor él no quería hacerlo; pero así habría de suceder, para que se cumpliera el anuncio de los profetas, pues él él solamente era el escogido del destino, uno que cumple las órdenes del Desconocido, uno a quien lo vence la fuerza colérica del Eterno.
“Permaneced atentos, para encender el fuego de Dios, el primer pensamiento, la lámpara que alumbra hasta la Eternidad”, les siguió enseñando Jesús. “Elevad la tierra hasta el cielo y bajad el cielo hasta la tierra, y así permaneceréis en mí y yo permaneceré en vosotros. Así obtendréis las llaves del Reino, y no habrá nadie capaz de quitároslas, porque entonces habréis cruzado hasta la otra orilla de los mundos”.


Después se dirigieron al Huerto de los Olivos. La noche se extendía hasta un silencio inmenso, parecido a la soledad que hace grande la permanencia en este mundo. Y el brillo de las cosas se había tornado mudo, en la espera del último tormento. Los once sintieron el frío del miedo imponderable, la debilidad del alma que se rinde, el temor que nubla la esperanza, mientras el Maestro oraba entre sudores de sangre.


Quizás Judas quedó con una pena sin me dida, abriendo con sus dudas una brecha en medio de la noche sin regreso, y la angustia quemaba sus entrañas. El Padre no le había concedido la visión de las cosas perdurables; él sólo entendía de razones terrenales, de las ataduras de la ley, y por eso decidió cambiar el alma por un puñado de monedas.

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