domingo, agosto 19, 2007

Conversaciones incrédulas


Conversaciones incrédulas

Por: Marco Antonio Valencia

1.

Los intelectuales dicen no creer en Dios pero la mayoría no han leído ni la Biblia, ni el Corán o la Torah. La inteligencia implantada a cerebro abierto por estudios y postgrados, por la osadía y la razón los llena de confianza para negar a Dios, para proclamar la muerte de Dios, para vaticinar el final de los hombres de fe, para incitar a romper las cadenas y el hechizo de las iglesias. Yo creo en Dios por mi madre y por la madre de mi madre y por la abuela de mi abuela. Las discusiones sobre si existe o no existe la virginidad de María y las alas del Espíritu Santo son crónicas de vieja data en los patios de mi casa, en mi agenda de preguntas raras, y en mi listado de asuntos por resolver antes de la tarde esa, en la que me cantaran “cumpleaños feliz”, y de regalo, la vida me entregue el certificado de mayoría de edad. Que es un precertificado de vejez, que a su tiempo será una declaración de intelectual o de estupidez. Por eso, cierro los ojos y paso de largo la fecha de mi cumpleaños para seguir siendo niño hasta siempre, hasta el final.

2.

En el cielo hay convocatorias. En el infierno las puertas están abiertas. Los periodistas reseñan con extrañeza y desasosiego que no hay voluntarios para ingresar a ninguna de las dos esferas del conocimiento. Los hombres del mundo queremos ser libres de mentiras. Queremos sonreír y visitar la historia de nuestras patrias acompañados con música de violines, y no con flores negras y lágrimas de miedo. Queremos ir desnudos por la hierba sin los chantajes de siempre, esos que han modelado los comportamientos infames frente a los sepulcros. Los hombres felices que poblamos el Sur de esta tierra no queremos llegar ni al cielo ni al infierno. Simplemente no queremos morir. Pero si de morir se trata, que no sea por culpa de la estupidez de los que viven en el Norte, ni en medio de las mentiras de los viven en el Centro y Arriba, sobre la cabeza intestinal de los demás.

3. Y llega la noche y le pregunto al Dios que me ampara, al Dios invisible, a la nada misma que me escucha en la soledad de mi todo: ¿Por qué los intelectuales son tan soberbios y los poetas tan ingenuos?, ¿Por qué los políticos mienten y el que no piensa como pienso, es mi enemigo y blanco de mis amarguras? - Sonrío y me duermo.


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