lunes, febrero 05, 2007

PARQUE DE CALDAS


Gloria Cepeda Vargas

Parque de Caldas

Según palabras del historiador Diego Castrillón Arboleda consignadas en su libro “Muros de Bronce”. Popayán y sus instancias históricas”, la plaza de Caldas “Nació con la ciudad el 13 de enero de 1537”.

Es decir, que el 13 de enero de este 2007, ese cuadrilátero entrañable arribó a la venerable edad de 470 años.

Como pocos lugares citadinos, el parque de Caldas escribe a diario la historia de sus habitantes. Es imposible nombrar o recordar a Popayán sin que la voz o la memoria se nos pueblen de amables experiencias. Siempre, en un planisferio enamorado, habrá un lugar para esas araucarias donde canta el silencio. Porque el tiempo del corazón está hecho de realidades fabuladas y es imposible negarnos a nosotros mismos la porción de verdad que nos perteneció cuando éramos mejores.

Lamentablemente, hoy estas palabras se resquebrajan como una calabaza hueca bajo el resisterio de agosto. Poco queda de ese lugar que humanizaba el austero paisaje del centro histórico. Como un fantasma cada día más desvanecido o una caricatura despiadada, el otrora hermoso parque de Caldas se nos fue de las manos .Símbolo de la decadencia moral y material de la ciudad, sigue ahí a media asta, como si se avergonzara de sus callejuelas desaliñadas y sus calvos jardines. Un aire pesado, mezcla de abandono y suciedad, lo recorre. La desesperanza se lo tomó y lo convirtió en un tango sin bandoneón donde la negligencia estatal y la mendicidad espiritual y física de los que habitamos este país del Sagrado Corazón, crece como un cáncer sin dolientes.

Pasar por el parque de Caldas cualquier mañana o tarde de domingo es un acto de masoquismo. Ventas variopintas, fotógrafos callejeros provistos de cuadrúpedos exóticos o lastimeros caballitos de palo, disparan a diestra y siniestra una angustia que no les da cuartel. Hombres y mujeres desempleados matan el tiempo como lo harían con moscas zumbadoras, y residuos de helados revueltos con el polvo de los adoquines, se pegan a los zapatos del transeúnte. Mientras tanto, la estatua del prócer lucha por orientarse en ese laberinto de ruanas desvaídas, estampas religiosas, bisuterías de dudoso origen y adocenadas reproducciones de paisajes y desnudos femeninos. Y para rubricar como se debe este documento donde la degradación ciudadana triunfa con todas las de la ley, ropas tendidas a secar en las ramas de los árboles y ventas de sancocho. Sí señoras y señores, del más apetitoso sancocho -plátano, yuca, choclo y demás emolumentos que hacen deseable esta vernácula vitualla-, expelen su delicioso olor junto a la estatua epónima y a pocos metros de la Gobernación y la Alcaldía.

Es difícil creer en las declaraciones y promesas de nuestros dirigentes, incluidos el Presidente de la República y sus cercanos colaboradores. El parque de Caldas, en su mendicidad desamparada, no es más que una demostración, desfachatada y cínica, del envilecimiento de Colombia.

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