sábado, septiembre 23, 2006

"ANDENES" en Popayán

Andenes

Por: FELIPE GARCÍA QUINTERO
El Liberal, 23 de septeimbre 2006

Por su falta y deterioro, Popayán está a punto de perder una de las prácticas culturales más entrañables, que la distinguen en Colombia tanto como las empanadas y los tamales de pipián: conversar en las esquinas, a media cuadra o en cualquier parte de una acera, donde un rostro reconocido nos detiene y, entonces, sin límites de tiempo nos dejamos ir por el caudal incontenible del diálogo imprevisto, haciendo caso omiso de los empujones, y sin importar tampoco otra cosa que no sea el placer de hacer de la calle pasajera una tertulia pública y eterna.
Sucede mucho que a la sesión inaugurada por el azar del encuentro de dos amigos en la misma esquina, que sólo la tarde anterior dejaron de verse, concurra otro convocado por la casualidad. Y al llamado vehemente de una mano familiar, cruce la calle para intervenir en la charla que ha entrado en el camino pedregoso de las diferencias de criterio y gusto. Si no es para mediar con su opinión entre las partes cordialmente enfrentadas, su papel será la de abrir una tercera vía, respecto de asuntos tan trascendentes como el clima o menos importantes como el costo devaluado de la vida, en el momento actual de un país monocorde, univocal.
Por ello, cuando de parlar en una acera del centro de Popayán se trata, aclaramos que no es sólo dar un saludo formal de manos o realizar el cortejo gastado de un beso insípido en una cálida mejilla, y preguntar por la familia entre la prisa y en medio del ruido en que el peatón, hacinado en la acera de 120 cms, protesta con taimado escándalo al sentir detenido su pensamiento por la molestia de ver interrumpido su camino ante unos contertulios insensibles del afán ajeno. Tanto abuso cometido se explica porque conversar es la forma de respirar el aire escaso de la Popayán íntima, que sin remedio huye del presente hacia el recuerdo vago del pasado con mejores andenes, gracias a la falta y deterioro de lugares más compresivos hacia quienes sufrimos del vicio cultural de ocupar la ciudad con palabras.
Ejercer el derecho del espacio público con la charla fraterna, hace de los reclamos del peatón envidioso, que finge un permiso cordial al paso erupcionado de las aceras en migas, un acto de tolerancia cultural en vía de extensión, pues aceptamos la sanción impuesta con los ojos bien abiertos, mediante la razón resignada pero digna de quien piensa la inocencia propia y la del otro porque éste, como en las sagradas escrituras, ya no sabe lo que dice. Los conversadores callejeros pedimos que no sea vulnerado el derecho del libre tránsito y circulación de la existencia estacionada en el diálogo y amparada en la fe a las palabras, que hace de la ciudad un organismo comunicante

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