Pablo Emilio Obando Acosta
(En los 61 años de su magnicidio)
Mataron A Gaitán, Mataron al negro, ¡!!Al mestizo¡¡¡¡¡¡ Esos fueron los gritos de la turba enardecida en aquel trágico viernes 9 de abril de 1948. Era la una y cuatro minutos de la tarde, nada presagiaba que sobre la ciudad de Bogotá se cerniría en pocos minutos una tragedia que aun después de sesenta años no se ha podido apagar. Gaitán, el líder liberal, el disidente fundador de la UNIR –Unión nacional Izquierdista Revolucionaria- que interpretando los sentimientos del pueblo colombiano levantó su voz y su bandera de lucha en contra de las oligarquías colombianas. Con su lema “el hambre no es liberal ni conservadora”, aglutinó las clases populares de los colombianos que cansados de las masacres y de la violencia pedían para el país la restauración moral.
Gaitán el líder, caudillo y revolucionario que movió las masas para defender sus propios derechos. A la una y cuatro minutos de la tarde hace sesenta años caía abatido por las balas fratricidas de Roa Sierra. Pero detrás de esas balas se escondía la decisión de una clase política y de una oligarquía que veía en sus planteamientos doctrinarios un peligro para sus intereses de clase. Para Gaitán las castas liberal y conservadora son la misma cosa para el pueblo que las padece.
Nacido en un hogar humilde, hijo de una maestra de escuela y de un librero que jamás se imaginaron que en el barrio de las cruces y en el Egipto crecería ese ser llamado a ser la nueva conciencia de los colombianos.
La hegemonía conservadora había llenado al país de sangre hermana, los cortes franela, las masacres y las desapariciones eran cosa de todos los días. El pueblo liberal y el pueblo conservador se desangraban en una lucha fratricida que era atizada por las clases poderosas que usufructuaban el poder político y el poder económico.
Para ese entonces Colombia tenía una población de once millones, el 52% vivía en la zona rural y el 48% en la zona urbana. La industria era incipiente y a duras penas se contaba con la infraestructura suficiente para una precaria producción nacional. 3 millones de colombianos padecían y morían de enfermedades comunes debido a la escasa atención primaria y a la ausencia casi total de hospitales y centros de salud; un millón y medio de niños y adolescentes no tenían acceso al aparato educativo estatal; Colombia iba a la cabeza en muertes generadas por causas relacionadas con la desnutrición y el paludismo.
En ese contexto surge la figura del caudillo Jorge Eliécer Gaitán. Desde sus inicios denuncia la existencia de dos colombias: la política y la nacional. La primera conformada por las castas que se lucran del trabajo del obrero y del asalariado pobre y de la clase media, los oligarcas que atizaban el odio bipartidita en su animo apatrida de usufructuar en el negocio de la violencia y de la muerte. Y el segundo, el país nacional, integrado por los descastados que a duras penas lograban con el sudor de su trabajo lo escasamente necesario para sobrevivir en nuestra patria colombiana. Proclamaba acertadamente Gaitán que los unos lo tienen todo y no les importa sino mantenerse en el poder para controlar a las masas a través de la usura y el endeudamiento con las cajas de ahorro. Pero la voz de Gaitán se oye imperiosa cuando denuncia la masacre sufrida por los obreros de barranca y en la zona bananera en el año de 1928 cuando el ejército colombiano arremete contra los trabajadores ante su justa lucha de reivindicación económica y laboral. Es ahí cuando expresa Gaitán que el gobierno colombiano tiene el fusil levantado contra el pueblo colombiano y la rodilla incada ante el oro yanqui.
Gaitán logra aglutinar al pueblo colombiano ante sus tesis y sus planteamientos políticos. Para el año de 1948 era el jefe absoluto de las huestes liberales y el seguro presidente de la republica en el 50. Pero tres balas cortan su meteórica y brillante carrera política. Tres balas que aun retumban en la conciencia de los colombianos y que significaron la desesperanza para el país nacional que veía en él al conductor natural de sus pretensiones sociales.
Después de sesenta años Gaitán vive, en el pueblo que no lo ha olvidado, en su doctrina que es la doctrina de los grupos políticos de avanzada, en el país nacional que aún no logra ascender en la escala de los valores que deben identificarnos como nación civilizada. Detrás de Roa Sierra se ocultaban fuerzas poderosas que odiaban a Gaitán y sus planteamientos políticos. La mano oscura de fuerzas reaccionarias, oligárquicas y extranjeras tejieron su muerte para tratar de silenciar la voz de Gaitán en su intento de detener para siempre la revolución en marcha; pero como siempre ocurre en casos como este, la voz de Gaitán se escucha en el siglo xxi con mayor fuerza y nos corresponde a los colombianos de hoy hacer realidad los planteamientos doctrinario del negro, de Jorge Eliécer Gaitán
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jueves, abril 09, 2009
lunes, diciembre 29, 2008
GESTOS Y NO RAZONES
PIZARRON
Pablo Emilio Obando A.
El 8 de enero de 1889, Franz Overbeck, teólogo de Basilea y amigo de Federico Nietzsche, llega a Turín en su ánimo infructuoso de rescatar al filosofo del martillo de los laberintos de la Locura. Nietzsche se encuentra “rodeado de papeles” y de ellos rescata el texto “El Anticristo”: “esta obra, arma de combate de católicos contra protestantes, de protestantes contra católicos, de creyentes contra ateos, de ateos contra creyentes, de todos contra Nietzsche; esta obra, maldecida, calumniada, injuriada, exaltada, aplaudida y, sobre todo, malentendida y desconocida, es la conclusión necesaria, de todo su camino mental…”. De un camino mental que envolvió al propio filosofo en la desesperanza de su existencia, de profundos deseos de un nuevo hombre y de una nueva heredad, de un nuevo y renovado ser que responda al llamado de La Tierra. Para Nietzsche el hombre de su época, lo mismo podríamos afirmar hoy, “El “creyente” no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un medio, tiene que ser consumido, tiene necesidad de alguien que lo consuma”.
Y ese “alguien” podríamos denominarlo necesidad de lucro, por cuanto y, sin duda alguna, “la humanidad prefiere ver gestos a oír razones…”; la proliferación de sectas, catervas, iglesias, grupos de oración, casas de espiritualidad, etc. no son sino la clara expresión de que el hombre necesita ser explotado en su infantil animo de aproximarse a su Dios. Primero la necesidad, luego la ganancia, posteriormente el lucro de un Pastor, Obispo o patriarca que pretende convencernos que en su intercesión se encuentra el camino de Dios. Fatal determinación que convierte al hombre en simple materia de usurera ganancia.
El hombre del siglo XXI, lo mismo que el hombre del medioevo, sigue convencido que su destino está ligado al capricho de los dioses; invoca y evoca milagros para despertar en sí mismo el ansía de paraísos que se abrirán al tintineo de monedas en las faldas del Pastor. Nirvanas que solo entienden el dolor y la angustia humanos, pero no para aliviarlos ni consolarlos sino simplemente para medrar en ellas al amparo de sus mezquinas especulaciones.
Basta recorrer unas cuantas cuadras de nuestra ciudad para encontrarse con el espectáculo dantesco y simiesco de unos cuantos creyentes que danzan en su ingenuo deseo de encontrarse cara a cara con su Dios. Niños, mujeres y ancianos que se visten de manera rancia para complacer a su Señor: “Todo pecado se cura con monedas”. Las mismas que titilan en las alcancías de los oratorios, en las bolsas blancas y largas que cuelgan de la mano del tullido que espera un milagro para abofetear el espacio que lo separa de su prójimo. Por que al fin y al cabo ese es el verdadero Dios, el metal bruñido y esculpido en la casa de la moneda; el mismo con el que a cientos de pecadores les permite reconciliarse con su Dios después de robar y esquilmar al prójimo. Viles monedas que acallan la conciencia cuando no se tiene el valor necesario para clamar por el niño que duerme en la calle o por la escuálida ramera con la que minutos antes nos acostamos y que con ello mitigo su hambre.
Y nos venden la falsa idea que con el Ungüento traído de Israel, o con la replica de la reliquia en forma de momia venerada en los Templos de la cristiandad, cesarán los espantos del hambre, de la guerra o de la malformación. Y se abren los templos, las pagodas y los adoratorios a todos los necesitados del mundo; a cambio de unas cuantas monedas tendrán la posibilidad de ver reconstruida su mano deforme o su boca torcida. Todo es posible siempre y cuando el metal brille en las arcas de los Insaciables que a cambio de ello ofrecen migajas convertidas en caridad o en casitas de millón. Olvidamos los hombres que no es la caridad lo que nos hace falta sino la Justicia; la primera envilece, la segunda enaltece.
peobando@gmail.com
Pablo Emilio Obando A.
El 8 de enero de 1889, Franz Overbeck, teólogo de Basilea y amigo de Federico Nietzsche, llega a Turín en su ánimo infructuoso de rescatar al filosofo del martillo de los laberintos de la Locura. Nietzsche se encuentra “rodeado de papeles” y de ellos rescata el texto “El Anticristo”: “esta obra, arma de combate de católicos contra protestantes, de protestantes contra católicos, de creyentes contra ateos, de ateos contra creyentes, de todos contra Nietzsche; esta obra, maldecida, calumniada, injuriada, exaltada, aplaudida y, sobre todo, malentendida y desconocida, es la conclusión necesaria, de todo su camino mental…”. De un camino mental que envolvió al propio filosofo en la desesperanza de su existencia, de profundos deseos de un nuevo hombre y de una nueva heredad, de un nuevo y renovado ser que responda al llamado de La Tierra. Para Nietzsche el hombre de su época, lo mismo podríamos afirmar hoy, “El “creyente” no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un medio, tiene que ser consumido, tiene necesidad de alguien que lo consuma”.
Y ese “alguien” podríamos denominarlo necesidad de lucro, por cuanto y, sin duda alguna, “la humanidad prefiere ver gestos a oír razones…”; la proliferación de sectas, catervas, iglesias, grupos de oración, casas de espiritualidad, etc. no son sino la clara expresión de que el hombre necesita ser explotado en su infantil animo de aproximarse a su Dios. Primero la necesidad, luego la ganancia, posteriormente el lucro de un Pastor, Obispo o patriarca que pretende convencernos que en su intercesión se encuentra el camino de Dios. Fatal determinación que convierte al hombre en simple materia de usurera ganancia.
El hombre del siglo XXI, lo mismo que el hombre del medioevo, sigue convencido que su destino está ligado al capricho de los dioses; invoca y evoca milagros para despertar en sí mismo el ansía de paraísos que se abrirán al tintineo de monedas en las faldas del Pastor. Nirvanas que solo entienden el dolor y la angustia humanos, pero no para aliviarlos ni consolarlos sino simplemente para medrar en ellas al amparo de sus mezquinas especulaciones.
Basta recorrer unas cuantas cuadras de nuestra ciudad para encontrarse con el espectáculo dantesco y simiesco de unos cuantos creyentes que danzan en su ingenuo deseo de encontrarse cara a cara con su Dios. Niños, mujeres y ancianos que se visten de manera rancia para complacer a su Señor: “Todo pecado se cura con monedas”. Las mismas que titilan en las alcancías de los oratorios, en las bolsas blancas y largas que cuelgan de la mano del tullido que espera un milagro para abofetear el espacio que lo separa de su prójimo. Por que al fin y al cabo ese es el verdadero Dios, el metal bruñido y esculpido en la casa de la moneda; el mismo con el que a cientos de pecadores les permite reconciliarse con su Dios después de robar y esquilmar al prójimo. Viles monedas que acallan la conciencia cuando no se tiene el valor necesario para clamar por el niño que duerme en la calle o por la escuálida ramera con la que minutos antes nos acostamos y que con ello mitigo su hambre.
Y nos venden la falsa idea que con el Ungüento traído de Israel, o con la replica de la reliquia en forma de momia venerada en los Templos de la cristiandad, cesarán los espantos del hambre, de la guerra o de la malformación. Y se abren los templos, las pagodas y los adoratorios a todos los necesitados del mundo; a cambio de unas cuantas monedas tendrán la posibilidad de ver reconstruida su mano deforme o su boca torcida. Todo es posible siempre y cuando el metal brille en las arcas de los Insaciables que a cambio de ello ofrecen migajas convertidas en caridad o en casitas de millón. Olvidamos los hombres que no es la caridad lo que nos hace falta sino la Justicia; la primera envilece, la segunda enaltece.
peobando@gmail.com
martes, octubre 21, 2008
TIPOS DELINCUENTES DEL QUIJOTE

PIZARRON
Pablo Emilio Obando Acosta
El 28 de abril del año de 1967 El Centro de Estudios Catalanes, de Barcelona (España) concede al humanista nariñense Ignacio Rodríguez Guerrero el premio Quinquenal “Isidro Bonsoms” por su obra “Tipos Delincuentes del Quijote”, constituyéndose en el primer americano en recibir tal distinción. Escribe igualmente “Tipos femeninos del Quijote”, “Tipos Vulgares del Quijote” y “”Por los campos de Montiel”; esta ultima obra publicada gracias a la participación de los nietos del insigne humanista nariñense, especialmente de Carmen Helena Arturo Rodríguez.
A pesar de la universalidad humanística e intelectual de Ignacio Rodríguez Guerrero es poco lo que las administraciones departamental y municipal han hecho por difundir sus trabajos literarios. Justamente ahora que se conmemoraron los cuatrocientos años de aparición de la majestuosa obra de Don Miguel de Cervantes Saavedra “Don quijote de la Mancha”, se hace necesario, igualmente, repasar el legado cultural, intelectual y literario de Ignacio Rodríguez Guerrero. Si el Manco de Lepanto cubrió de orgullo la tierra manchega, Rodríguez Guerrero colmó de honor su patria solariega.
Pero mientras la fama indiscutida del noble caballero se dibuja en nubes de oro en los distintos paisajes del universo, en nuestros ponientes se desdibuja inmisericordemente la gloria del humanista más grande que ha visto la tierra del paisaje más bello de tierra americana. Como se desdibujó y se perdió en las sombras de una vergüenza colectiva el valioso aporte de su biblioteca, considerada una de las cuatro más importantes del mundo, poseedora de libros y textos de incunable presencia en los diversos salones de la cultura o la inteligencia.
Feriados como baratijas, entregados por unos miserables y vergonzantes billetes, sus libros se otorgaron a postores que sabiendo su valía, hicieron de este el mejor negocio que a la postre significó una deshonra para los gobernantes de estas tierras sureñas que no entendieron su significado y no postularon nuestro presupuesto para adquirir lo que otros sabían precioso. Al Manchego Caballero lo venció su locura y únicamente en sus limites consiguieron el cura y el barbero entregar a las llamas su tesoro mas valioso: sus libros de andantes aventuras, de Amadis de Gaula, de Roldan El Justiciero, de Orlando El Furioso. Aquí, en tierras Andagueñas, de casas y de patios solariegos, se venció la resistencia del noble Caballero cuando el sueño profundo de la muerte cerró
sus ojos para siempre. De seguro que Ignacio Rodríguez Guerrero hubiese preferido arrojarse a las llamas con sus libros y todas sus páginas gloriosas antes que entregarlos a la feria vil del comercio o de la ignorancia. Pero como todo es posible en nuestra villa, como todo está permitido en nombre de la civilización y el progreso, aun su hogar, su castillo encantado de hadas y de quimeras se tira al piso para erigir un parqueadero donde las monedas y la grasa deambulan en simples entuertos de mecánicos y prostitutas. La patria de los Sanchos, de dichos y refranes, de ambiciones y estulticias encuentra aquí su sede, justamente en el sitio y en el lugar donde la noble cuna de la ciencia se mancilla en aras de los dividendos y las ganancias torpemente celebrados.
Ya en su escrito “Carácter del pueblo nariñense” Ignacio Rodríguez Guerrero expresaba que no hay nada mas difícil que describir la sicología de un pueblo “cuando este no es un conglomerado homogéneo sino el producto de una pluralidad de factores étnicos, de las mas disímiles y aun opuestas características...” agentes expresados en “el fanatismo férreo, el tradicionalismo, la excesiva misantropía, la propensión a la critica personal, frívola y malévola y, la creación de ídolos con pies de barro” que en la mayoría de los casos son el claro síntoma de una cultura, que, como la nuestra, se hunde en las soledades de su propia estupidez.
Proponemos desde estas páginas de DIARIO DEL SUR la creación de la Cátedra Ignacio Rodríguez Guerrero, la reedición de sus obras por parte de la Universidad de Nariño y la difusión de sus trabajos en las instituciones educativas de nuestro departamento. Dinero hay, lo que no hay es voluntad para hacer de la cultura ese espacio destinado para construir patria y espíritu.
peobando@gmail.com
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